viernes, 12 de marzo de 2021

La luz de su patronazgo en un año de sombras


     Las inéditas adversidades vividas en 2020 sirvieron no obstante para certificar, una vez más, la hondura devocional de Cantillana hacia su Patrona. Porque los caminos de Dios son inescrutables. Y porque la devoción popular puede transmutar en luz y bálsamo la oscuridad de la tribulación. La Virgen acompañó el amargo confinamiento de los cantillaneros, que la hicieron presente en multitud de detalles y gestos significativos: velas ante los cuadros domésticos de la Patrona, su imagen campeando en balcones y ventanas, numerosos mensajes y peticiones recibidos por la hermandad, que han sido recogidos en forma de exvotos y permanecen ya junto a la Santísima Virgen, expuestos con decoro en el presbiterio de la ermita, como testimonio de lo acontecido… Los cantillaneros, en definitiva, siguieron aferrados a su Patrona en la dura coyuntura de la pasada primavera, le siguieron rezando desde sus casas ante la imposibilidad de visitarla, para pedirle esperanza, entereza, trabajo y, sobre todo, salud.

La hermandad supo atender esta necesidad espiritual y se valió de las nuevas tecnologías para promover la participación virtual en los cultos y la oración en la intimidad de los hogares. Gracias a nuestro párroco, cada sábado se celebró la santa misa y la sabatina a las plantas de nuestra Patrona, sin asistencia de fieles y retransmitida en directo por las redes sociales de la hermandad. Cada día a las siete de la tarde, se publicaba en nuestras redes la plegaria de rogativas a Nuestra Señora de la Soledad, implorando su maternal patrocinio y el cese de la pandemia de covid-19. La invocación de rogativas elegida se inspiraba en un acta del siglo XVIII, donde queda testimoniada la celebración de una rogativa pro pluvia en 1757, presidida por la imagen de la Soledad (una de las muchas que hay documentadas): Virgen bendita de la Soledad, por Ti aspiramos a los divinos auxilios, por Ti, que eres Madre de misericordia, amparo y refugio universal de todos los necesitados, Reina de los Ángeles y Señora de los Cielos y la Tierra. María Santísima Dolorosa, en quien esta villa tiene fundadas las esperanzas del socorro de sus mayores adversidades. Virgen bendita de la Soledad, singular oráculo de todo el común de sus cordiales devotos, que anclan su consuelo a tu amorosa mediación. Majestad Soberana, te suplicamos que interpongas tu real clemencia con el Todopoderoso para que nos mire con ojos indulgentes. Trescientos años de diferencia, pero las mismas vicisitudes humanas y, principalmente, la misma devoción incondicional y atemporal. No fueron estas las únicas rogativas de 2020. La hermandad invitó a varios artistas plásticos para que ofrendaran a la Patrona a modo de rogativas obras pictóricas con la Virgen como núcleo temático, que se fueron publicando en las redes. Y en los Dolores Gloriosos, se realizó una hermosa ofrenda a la que se dio también el carácter de rogativas: aprovechando la veneración pública de la Virgen, que sustituyó al besamanos, se instó a los fieles a ofrecerle una vela votiva. La iniciativa caló profundamente y concedió al acto un enorme recogimiento; al finalizar la jornada, la Virgen estaba iluminada por un millar de velas que la rodeaban, dejando estampas absolutamente sobrecogedoras en el interior del santuario.


Un histórico y melancólico día de la Patrona


Los cultos cuaresmales en honor de la Virgen, de tanta importancia en Cantillana por su impronta misional y preparatoria para la Semana Santa, no pudieron celebrarse según lo acostumbrado. El tradicional y secular septenario doloroso tuvo lugar en sus fechas, pero con el santuario tristemente vacío y en unas circunstancias muy particulares, viéndose privada Cantillana de ese rito atávico de peregrinar, Calzada arriba, hasta la ermita de la Patrona, para congregarse comunitariamente en torno a la Madre de Dios. El endurecimiento de las restricciones impidió la celebración diaria del septenario a puerta cerrada, pero desde la hermandad se publicó cada tarde por las redes el rezo de la corona, el ejercicio del septenario (aplicado por el fin de la pandemia) y las coplas a Nuestra Señora. El Viernes de Dolores, día de la Patrona, fue muy diferente a lo esperado. Habría sido muy especial, por ser la primera celebración con el rango de solemnidad litúrgica, instituida por la Santa Sede y asociada a la ratificación pontificia del patronazgo. Un Viernes de Dolores totalmente atípico, pero pleno de emoción, pues los cantillaneros saturaron las redes sociales con cientos de fotos de la Virgen, felicitándola y encomendándose a Ella, y pudieron verse muchos balcones colgados y engalanados en honor de la Patrona. El párroco ofició la función principal a las doce de la mañana a puerta cerrada, aunque la celebración pudo ser seguida por numerosísimos fieles gracias a la retransmisión en directo por las redes sociales, herramientas cruciales en aquellos meses aciagos.

Pero el momento más emotivo de aquel singular Viernes de Dolores ocurrió a las ocho de la tarde: espontáneamente se había difundido por las redes una convocatoria para saludar a la Virgen cantando su himno; el pueblo respondió masivamente, entonando al unísono dicho himno desde balcones, ventanas y azoteas, altavoces de un eco ferviente que se deslizó por el pueblo que la tiene por Madre y Protectora. En algunas calles el homenaje, popular y entrañable, se prolongó con otros cantos a la Patrona, como el ‘María Soledad’, y con vítores.


Un Viernes Santo huérfano de procesión

Muy diferente y difícil fue para todos el Viernes Santo. Un Viernes Santo sin la arraigada visita matinal a la Soledad. Un Viernes Santo con la Virgen ataviada de hebrea, sin vestir el carismático manto de Juan Manuel. Un Viernes Santo, en fin, sin el escalofrío centenario de la procesión de la Patrona por las calles de Cantillana. A pesar de la cuarentena, la puerta del santuario, cerrado y solitario, se convirtió en el puerto de muchas añoranzas: fl­ores (uno de los ramos fue ofrecido por el Cuerpo de la Policía Local, entre los aplausos lejanos de los vecinos desde las puertas de las casas aledañas), velas, oraciones manuscritas, acciones de gracias, versos ingenuos y piadosos, preces por los difuntos y por los fallecidos en la pandemia, cuya memoria reposaba en un lazo negro justo a los pies de la Virgen y ondeaba en la bandera de la villa de Cantillana con un luctuoso crespón negro que lucía en la espadaña de la ermita,… Testimonios populares de fe y devoción auténtica. En el interior del templo, la hermandad, siguiendo la añeja costumbre local, colocó junto a la Patrona un cirio votivo de promesa, en el que estaban representados todos sus hijos, sus afanes y sus desvelos.


También las redes sociales sirvieron como escenario de sentimientos, recuerdos, vivencias y muestras de fervor en un Viernes Santo yermo y desolado. Precisamente a través de las redes, la hermandad planteó una programación especial durante el día: se rezó el Ángelus a las doce de la mañana y a continuación se estrenó el audiovisual «La Soledad de este Viernes», realizado por varios hermanos para evocar de forma lírica y sugestiva las desconcertantes sensaciones de una jornada que jamás olvidaremos, pero también la fuerza ancestral del Viernes Santo cantillanero, que se agolpa en las venas de los hijos de este pueblo; a las cuatro de la tarde se retransmitieron los Santos Oficios y, a partir de las seis y media, se realizó una emisión especial de siete horas ininterrumpidas que encadenó las retransmisiones del Sermón del Descendimiento, la estación de penitencia de los años 2016 y 2017 y el rezo de la corona dolorosa a la Santísima Virgen de la Soledad.

Fue un Viernes Santo de lejanía física, pero de cercanía emocional, de devota resignación. Aun desarbolado por la ausencia de la Virgen en las calles, el pueblo enseñó con esa naturalidad tan notoria y rotunda, los pilares de una devoción inquebrantable. Todo lo vivido nos dio muchas lecciones e hizo incrementarse la necesidad del reencuentro con la antigua y milagrosa imagen de la Soledad. Una necesidad que se hizo palpable el día de la reapertura del santuario, al que, dos meses después y siguiendo las medidas sanitarias, subieron los cantillaneros por decenas para mirar a los ojos a su Patrona.

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Un año después, la Cuaresma se abre ante nosotros como una oportunidad, siempre antigua y siempre nueva, un rito cíclico que ha de propiciar nuestro encuentro con la Virgen. Dios permita que los cultos cuaresmales, el día de la Patrona y el Viernes de la Pasión del Señor (aun sin la anhelada procesión) puedan ser en este 2021 ese momento gozoso e identitario en que la Virgen nos espera desde su camarín y escucha nuestras súplicas en este valle de lágrimas. Noches de septenario, mañana de Viernes de Dolores, tarde de Viernes Santo: esencia de la Cantillana más genuina e imperecedera.







Publicado en la Revista "Tiempo de Pasión de 2021